domingo, 19 de octubre de 2008

El justiciero

No se le puede reprochar a nadie sentir la tentación de la fama.  Todos los hombres, a fin de cuentas, requieren algún tipo de reconocimiento por parte de sus semejantes para realizarse plenamente como personas:  esse est percipi, dijo George Berkeley.  Pero sí se puede reprochar la irresponsable obsesión con la que algunos persiguen la fama sólo por atender las exigencias su insaciable narcisismo.

Tal es el caso del juez español Baltasar Garzón, conocido en todo el mundo por los procesos que ha intentado contra narcotraficantes, capos de la mafia rusa, dictadores retirados y políticos en ejercicio; y más recientemente, por ordenar la exhumación de García Lorca y armar un sumario contra Franco y 34 jefes nacionalistas (todos ya fallecidos) por los delitos de insurrección y desapariciones forzadas, cometidos al fragor de la Guerra civil.

Otro sumario-suflé, dicen los españoles, porque el justiciero universal es tan buena vedette mediática como mal instructor de procesos.  Otra chapuza jurídica que en vano paga España con polarización, crispación y renovados resentimientos.  Otra muestra de su megalomanía, que contrasta con la respuesta del Nobel de Paz, Martti Ahtisaari, cuando se le preguntó su opinión al respecto: “Es muy fácil criticar a otros desde fuera. Pero, estando aquí sentado, no podría jurar que soy una persona tan recta que, si hubiera nacido en Suráfrica, habría elegido el bando bueno y habría resistido la opresión. Y me da miedo pensar qué habría hecho si hubiera nacido en los años treinta en Alemania.”  +++

lunes, 13 de octubre de 2008

Al fragor de la crisis


Una crisis como la que atraviesa la economía mundial da para todo, y especialmente, para exacerbar los milenarismos de nuevo cuño y alimentar la imaginación —ávida de catástrofes— de los más literales exégetas del Apocalipsis.

Unos han dicho que “el capitalismo ha llegado a su fin”, como el sociólogo Immanuel Wallerstein, que en una interesante entrevista publicada por Le Monde el pasado domingo señalaba además que la crisis actual coincide con la terminación de un ciclo político global, el de la hegemonía norteamericana, cuyo declive habría empezado ya en los años 70.  Otros, sin la solidez argumentativa de Wallerstein (gracias a la cual sus hipótesis pueden ser honestamente debatidas), han afirmado sin sonrojarse que como consecuencia de la crisis, la economía del futuro será una economía planificada à la manière soviétique, regida acaso por un Gosplan de alcance global en reemplazo de las anacrónicas y desprestigiadas instituciones de Bretton Woods.

Lo cierto es que al fragor de la crisis se vienen diciendo muchas cosas.  Tantas, que en medio de semejante algarabía cualquiera se siente facultado para hacer profecías y resucitar oprobiosos fantasmas del pasado.  Por eso no falta quien evoque la planificación soviética como la panacea, desconociendo que mientras el capitalismo ha sobrevivido más de una crisis, adaptándose y transformándose (no sin sobresaltos), el modelo soviético, artificioso y ficticio, no fue capaz de resistir el envite de la realidad y de la historia, como tampoco lo serán sus reediciones, no importa la portada que se pretenda usar para encubrirlo.  +++

miércoles, 8 de octubre de 2008

Reprobado


A veces parece que el mundo fuera un estudiante díscolo y flojo, que acumula logros pendientes y apuesta a recuperarlos todos en la última semana, confiado en pasar al curso siguiente por obra y gracia de la promoción automática.

Por ejemplo, en materia política es innegable el reflujo de la ola de democratización que se inició en los 70 y que en 1991 se creyó definitiva; y por si fuera poco, la libertad parece estar en retirada, incluso allí donde se inventaron el liberalismo.  En el campo de la seguridad, aunque los grandes conflictos sean hoy una rareza, nuevas amenazas emergen cada día sin que sea claro cómo contenerlas sin provocar un caos aún mayor.  Y la economía mundial exhibe un desastrado aspecto de resaca, mientras que algunas zonas del planeta dan la impresión de requerir mil años más para cumplir con las metas de desarrollo del milenio.

Pero el mundo no puede apostar su futuro a la promoción automática, y cada logro aplazado se añade a un fardo que, tarde o temprano, no habrá quién pueda llevar.  El de la historia, infortunadamente, es un curso que no se puede repetir…

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Con tanta noticia aterradora (la resistencia de Al-Qaeda, el chantaje norcoreano, la voracidad de los piratas somalíes, y la quiebra de los bancos de inversión), qué alentador resulta leer "El hombre de diamante", la última novela de Enrique Serrano:  una lectura obligada, para consuelo del alma, en medio de las actuales angustias del mundo. +++

domingo, 28 de septiembre de 2008

Un dragón amurallado


Algo extraño está pasando en China.  Durante la última década su PIB ha crecido a un ritmo cercano al 10% anual, y es posible que en 2009 desplace a Alemania como principal exportador del mundo, a medida que sus productos de bajo costo inundan todos los mercados.  Ese crecimiento se ha reflejado en un aumento no menos desbordado de su consumo de energía y de su actividad industrial.  Por si fuera poco, acaba de organizar (y ganar) los Juegos olímpicos en medio de un derroche de espectacularidad y sofisticación sin precedentes.   Y antier el astronauta Zhai Zhigang hizo ondear la bandera china en el espacio exterior luego de enviar un contundente mensaje a sus compatriotas (y acaso al mundo entero también):  “el Partido y el pueblo van a cumplir la tarea con éxito”.

Mientras tanto, la cifra de niños intoxicados por consumir leche contaminada ha superado los 50 mil, y varios países han tomado precauciones frente a lo que parece ser un episodio más de la “saga de intoxicaciones” protagonizada por productos chinos, desde juguetes hasta medicamentos.

Esa debería ser una razón suficiente —por no hablar de la incontenible pobreza, la disparidad del desarrollo humano, y el deterioro ambiental que China padece y provoca— para disuadir a los profetas de una inminente primacía china a escala global.  China es, ciertamente, un dragón.  Pero por ahora es un dragón amurallado, al que le falta aún un largo trecho por recorrer antes de romper el yugo que le imponen sus propias contradicciones.  +++

lunes, 22 de septiembre de 2008

Pitirrusos

Un pitiyanqui es un imitador servil de las costumbres estadounidenses.  El término, acuñado en Puerto Rico, pero usado sobre todo en Venezuela, ha sido recientemente incorporado al vocabulario de uso frecuente del presidente Hugo Chávez, donde compartirá honores con otros vocablos, menos elaborados quizá, pero igualmente sonoros, que harán las delicias de la poética chavista.

Habría que preguntarle si también hay pitirusos, sobre todo ahora que ha llegado a la conclusión de que el desarrollo, la paz, e incluso las vidas de los latinoamericanos, dependen de amigos como Rusia.  Dirá que no, seguramente, porque según su lógica implacable, Putin no huele a azufre, Moscú jamás ha tenido ambiciones imperiales, la de Osetia y Abjasia fue una intervención humanitaria, y además, Rusia queda muy lejos como para ensañarse con los sufridos pueblos latinoamericanos como lo han hecho los yanquis durante tanto tiempo.

Y puede que en algo tenga razón:  Rusia queda demasiado lejos, y no habrá ejercicio naval conjunto, ni efervescente compra de armamentos, ni alianzas energéticas que compensen esa realidad, tanto geográfica como geopolítica.  Quizá los rusos jueguen un poco a enrarecer el ambiente, a irritar a Washington —como los yanquis hacen a veces en el espacio postsoviético—, mientras Chávez eleva el color de su retórica; pero saben que no deben ir más lejos, para no arriesgar una de las metas de su política exterior:  que se reconozca que existen zonas de influencia que las potencias deben respetarse recíprocamente, ya sea en el Caribe o en el Cáucaso.  +++

domingo, 14 de septiembre de 2008

No hay paz que valga en Bolivia


Por una de esas ironías de la historia, las noticias que llegan desde la capital boliviana presagian cualquier cosa, menos el pronto retorno de la tranquilidad y la normalidad al país andino que parece debatirse entre un mundo ya muerto —el del viejo e incontestado dominio de los cambas (mestizos)— y otro aún incapaz de nacer —el del modelo indigenista, pero no autonómico, del coya Morales y su vía boliviana al socialismo.

Y la verdad es que por ahora no hay paz que valga en Bolivia.  Ni la que pueda ofrecer eventualmente el gobierno, desistiendo de detener al prefecto de Pando; ni la que puedan prometer los líderes opositores del Consejo nacional democrático, que han accedido a levantar el bloqueo de las principales carreteras del país.  Tampoco la que pueda promover el inoportuno intervencionismo chavista; ni la que por mejores intenciones que tenga, pueda impulsar la cumbre de Unasur en Santiago.  El problema boliviano es estructural y no coyuntural.

El frágil aparato estatal boliviano se está desmoronando al fragor de los masivos levantamientos autonomistas, en medio de un clima de creciente crispación social y de enconada tensión entre las clases altas y las nuevas élites indigenistas, mientras los unos recelan de Caracas y los otros acusan a Washington.  Unos ingredientes cuya mezcla ha resultado siempre explosiva, y que hacen inevitable evocar, sin ser apocalípticos, a Theda Skocpol, que tras estudiar juiciosamente las revoluciones llegó a la conclusión de que éstas nunca se hacen, sino que simplemente ocurren cuando pueden.  +++

domingo, 7 de septiembre de 2008

La conversión de un canalla

En la jerga del Departamento de Estado de los EE.UU un “Estado canalla” (rogue state) es aquel que no respeta las reglas del juego y que, por lo tanto, representa una amenaza potencial para la paz y la seguridad internacionales.  Un gobierno dictatorial, un profuso historial de violaciones a los derechos humanos, el patrocinio de organizaciones terroristas, y el desarrollo de armas de destrucción masiva, parecen ser los criterios básicos que debe cumplir quien aspire a merecer la etiqueta.

Como a los canallas de a pie, a los díscolos del sistema internacional hay que disciplinarlos, reducirlos al orden antes de que sea muy tarde.  A veces, Washington lo hace a punta de garrote (como con los talibán y con Hussein); otras con zanahoria (como ha intentado hacerlo con Corea del Norte); y otras con paciencia, contundencia y discreción.

Tal es el caso de Libia, “canalla” por antonomasia, que ahora parece volver al redil, y no por mérito de los bombarderos norteamericanos, ni por cuenta de la satanización mediática del régimen de Gaddafi; sino gracias a una afortunada conjunción de factores, uno de los cuales —y no el menos importante— ha sido la aplicación de una estrategia coherente y sostenida de sanciones y aislamiento internacional ante la cual el gobierno de Trípoli, finalmente, ha tenido que ceder.

Y aunque siga siendo un “Estado paria” en muchos aspectos, hay que agradecer la conversión de Libia:  es uno de los pocos aportes que ha hecho la política exterior de Bush a la estabilidad mundial.  +++