
Los atentados de la semana pasada en Bombay constituyen un verdadero hito en la historia del terrorismo internacional por varias razones.
Primero, porque fueron posibles gracias a la más sofisticada, precisa y efectiva combinación de la táctica del “enjambre” (es decir, ataques separados y dispersos, simultáneos y meticulosamente coordinados, ejecutados por comandos especialmente adiestrados), con el terrorismo suicida, la toma de rehenes y el uso de armas pequeñas y ligeras, contra una serie de objetivos blandos seleccionados con cuidado para provocar el mayor caos posible e inducir un pánico generalizado e indiscriminado.
En segundo lugar, por el impacto que podrían llegar a tener en las dinámicas internacionales, tanto a nivel regional como global. ¿Qué duda cabe acaso, de que la inestabilidad política y económica en India y la perturbación de sus ya muy sensibles relaciones con Pakistán pueden comprometer la viabilidad de la estrategia norteamericana contra los Talibán en Asia Central?
Y además, porque suponen el mayor triunfo al que podría aspirar Al-Qaeda —sin importar o no su conexión con los presuntos autores del ataque: el de la extensión de su modelo, el de la propagación de su discurso, el de la globalización —en últimas— del Al-Qaedismo.
Es como si en Bombay se hubiera cumplido (tristemente) el sueño de los “filósofos de la bomba” que inspiraron el terrorismo del siglo XIX; y también, la trágica hipótesis de que el 11S fue tan solo el modesto preludio de un futuro que ahora se ha convertido en presente. +++