sábado, 18 de septiembre de 2010

¿La paz? Hamás!


Hay que decirlo sin rodeos: Hamás es actualmente el principal enemigo de la paz en Medio Oriente; mucho más que la ultraderecha israelí, que por fuerza de los resultados electorales acaba a veces secuestrando los márgenes de acción del gobierno de Israel, y que tiene también una enorme responsabilidad en la perpetuación del “conflicto gordiano” con los palestinos. Ahí está, para probarlo, su amenaza de boicotear, en coalición con otros 12 grupos extremistas, los diálogos directos recién reanudados en Washington, entre Benjamin Netanyahu y Mahmud Abbas.

A fin de cuentas, Hamás es el principal beneficiario del estancamiento de la negociación y, naturalmente, de la postergación indefinida de cualquier acuerdo que permita, por ejemplo, la creación de un Estado Palestino sólido, funcional y eficaz. Todo avance en esa dirección pondría en entredicho la legitimidad de su perversa estructura paramilitar; de su filantropía proselitista, basada en el asistencialismo y el adoctrinamiento de una población desesperada, atrapada entre el bloqueo y el vacío institucional; y de su contumaz negativa a reconocer la existencia del Estado de Israel.

Eso lo saben en Tel-Aviv, en Washington, en El Cairo y en Ammán. Pero también en Teherán. ¿Qué sería del régimen iraní sin la confrontación israelo-palestina para atizar el fanatismo? Con qué alimentaría su retórica anti-estadounidense? Con qué justificaría su intervencionismo en el mundo árabe, del cual no forma parte, pero al que tiene en la mira de sus ambiciones geopolíticas?

No sorprende, entonces, que Ahmadineyad apoye a Hamás y condene de antemano las negociaciones. Ambos quieren —y necesitan— hacer imposible la paz. +++

viernes, 27 de agosto de 2010

La manera rusa


Mientras Tel Aviv denuncia como totalmente inaceptable “que un país que viola tan descaradamente [los tratados internacionales] disfrute de los beneficios de emplear energía nuclear”, y desde Washington se rebaja el perfil del suceso para evitar que Israel caiga en la tentación de lanzar ataque preventivo, rusos e iraníes han puesto en funcionamiento, tras 35 años y en medio de una acalorada controversia, la central nuclear de Bushehr.
Podría pensarse que el episodio constituye una victoria de Teherán frente al recelo y la sospecha que suscita, en la región y el mundo, su desafiante reivindicación del uso de energía nuclear con fines presuntamente pacíficos. Pero en realidad, y a pesar de la retórica triunfalista de Ahmadineyad, no es Irán, sino Rusia, quien sacará el mayor provecho geopolítico.

En efecto: al fungir como proveedor material y garante de la legalidad internacional en Bushehr, sin romper el consenso existente en materia de sanciones contra Irán en el Consejo de Seguridad, y apoyándose en la Agencia Internacional de Energía Atómica, Moscú aspira a convertirse en piedra angular de la futura resolución del contencioso nuclear iraní; mientras por otro lado, sienta las bases para ejercer una mayor influencia en Oriente Medio, sin incurrir para ello en el enorme costo político y militar que a Washington en cambio le ha tocado sufragar desde hace años.

Para tranquilidad del mundo, tampoco al Kremlin le interesa patrocinar la proliferación nuclear, mucho menos en su vecindario. Y puede que a la larga, la “manera rusa” tenga en este caso más suerte que la “manera americana”, preponderantemente coercitiva. +++

El triunfo del pragmatismo


Más allá de los resultados concretos que en el corto y mediano plazo se deriven del encuentro de los presidentes Santos y Chávez en Santa Marta, el primer gran logro del nuevo gobierno en materia de política exterior es haberle dado un viraje radical al enfoque y la estrategia que la administración Uribe impuso a las relaciones internacionales de Colombia durante los últimos años.

Este viraje implica pasar de una lectura dogmática, maniquea e ideologizada de la política internacional a una visión esencialmente pragmática, racional y flexible (y en consecuencia, mucho más resiliente y adaptativa). Este nuevo enfoque, por ejemplo, reconoce que Chávez es el que es y que no dejará de serlo, así como tampoco su proyecto de revolución bolivariana, expansivo por naturaleza. Pero ante el hecho irremediable de la vecindad colombo-venezolana, no renuncia a encontrar una fórmula minimalista, basada en la coexistencia tanto como en la contención, que a partir de una adecuada valoración estratégica garantice la mejor satisfacción de los diversos intereses de Colombia y de los colombianos (no sólo en el campo de la seguridad), mientras se reduce al mismo tiempo la exposición internacional del país y de sus asuntos internos por cuenta de la crónica tensión con Venezuela.

¿Diplomacia meliflua y babosa? Para nada. Tampoco reconciliación definitiva. Ninguna ingenuidad, ninguna renuncia o apaciguamiento, sino un oportuno y acertado ejercicio de realismo: el que necesita el país para recuperar su espacio en el entorno regional, proyectar sus objetivos, y capitalizar las oportunidades que ofrece el complejo (pero promisorio) escenario internacional del siglo XXI. +++

miércoles, 11 de agosto de 2010

Es una Corte, no el mono de la pila



Es lamentable la forma en que la Corte Penal Internacional ha sido banalizada en Colombia, como si en lugar de ser un tribunal de justicia internacional creado para sancionar los crímenes más graves y que mayor repulsa generan en la conciencia moral de la humanidad (agresión, genocidio, de guerra y de lesa humanidad), fuera un juez promiscuo o incluso peor, el mono de la pila.

Desde el ex presidente Uribe hasta el Fiscal interino, el Representante Cepeda e incluso algunos altos mandos de la Fuerza Pública, muchos han contribuido a que en Colombia la gente tome a la Corte como un despacho de quejas y reclamos, como un juez de tutela o de tercera instancia con competencias retroactivas, o como un club de superhéroes que vendrán (con toga y peluca) a capturar a los terroristas en la selva o a disciplinar Chávez, con base en unas pruebas que demuestran lo que ya se sabe (la activa presencia de las Farc en Venezuela), pero no el involucramiento directo y personal del mandamás vecino en hecho alguno que constituya crimen de competencia de la Corte.

Toda esta bulla distrae de la cuestión fundamental: que si Colombia quiere blindarse frente a una eventual intervención del tribunal (que implicaría que el Estado no quiere o no puede cumplir con sus funciones jurisdiccionales), debe asumir con seriedad los procesos de verdad, justicia y reparación, consolidar su sistema judicial y fortalecer los cuerpos policiales, de tal forma que estén preparados para asumir el inmenso desafío de la reconciliación y el tránsito final al postconflicto. +++

lunes, 9 de agosto de 2010

Colombia aprende



Ante el hecho cumplido no tiene ya sentido preguntarse —como el interesante editorial del Washington Post del viernes pasado— por qué quiso el presidente Uribe concluir su mandato con un nuevo enfrentamiento con el porfiado caudillo venezolano, Hugo Chávez. Quizá sus razones, como las de Carlos III para expulsar a los jesuitas de todos sus dominios, queden para siempre guardadas “en lo más profundo de su corazón”, al lado de otras encrucijadas que allá en el fondo nunca ha dado por resueltas.

Más importantes son las lecciones que Colombia haya podido sacar de este nuevo episodio de la crónica de desencuentros con el régimen del vecino país. Sobre todo en relación con los límites de los foros multilaterales como instancias de tramitación de conflictos. Éstos, a fin de cuentas, no son tribunales en los que la contundencia de las pruebas lo define casi todo, ni en los que un juez arbitra diferencias desde el pináculo de la neutralidad y la sujeción al derecho, ni en los que la intervención de terceros requiere su legitimación en la causa. Funcionan a veces, más bien, como un desordenado chat en el que cada quien cuenta la historia como quiere, en el que los argumentos no persuaden sino sólo en la medida en que convienen, y en el que con frecuencia las disputas de dos acaban siendo de tantos, que en lugar de resolverse se amplifican.

De poco sirven cuando falta la buena voluntad de una de las partes. Y “sentar el precedente”, en realidad, es un magro (y quizá costoso) consuelo. +++

miércoles, 28 de julio de 2010

Legal sí, ¿pero viable?


Finalmente se ha conocido la respuesta de la Corte Internacional de Justicia a la pregunta planteada por la Asamblea General de la ONU sobre la declaración unilateral de independencia de Kosovo proclamada en febrero de 2008. Según el tribunal, ésta no viola ni el derecho internacional general, ni la resolución 1244 (1999) del Consejo de Seguridad o el Marco Constitucional de Autogobierno Provisional derivado de la misma. Aunque advierte que, en cualquier caso, “es perfectamente posible que un acto particular —como una declaración de independencia— no viole la ley internacional, sin que ello implique el ejercicio de un derecho conferido por ella”.

Mejor dicho: la declaración de independencia de los kosovares no es ilegal, pero no supone de suyo que tengan un derecho específico a la secesión. A fin de cuentas, añade la Corte, fue lo primero y no lo segundo lo que le preguntaron.

Qué lástima. Hubiera sido la ocasión para abrir la discusión sobre el alcance y sentido que tienen actualmente algunos principios fundamentales del derecho internacional, como el de la libre autodeterminación de los pueblos y el de integridad territorial; y para debatir tesis como la de la “independencia compensatoria”, que ve en ésta una forma de resarcir los daños sufridos por los kosovares durante la guerra.

De todos modos, no es la legalidad sino la viabilidad de Kosovo lo que realmente importa. Vaya ironía: poco después de divulgarse la opinión de la CIJ, era detenido el gobernador del Banco Central kosovar por corrupción, evasión fiscal y blanqueo. Definitivamente, no hay mejor humorista que la historia. +++

domingo, 25 de julio de 2010

El Gobierno soy yo (la concepción del poder de Álvaro Uribe Vélez)

Uno de los debates fundamentales de la filosofía política tiene que ver con una pregunta recurrente: "¿cuál es el mejor gobierno, el de las leyes o el de los hombres?". No cabe duda de que durante estos ocho años en el poder, el presidente Uribe ha demostrado más de una vez su preferencia por este último: por una manera de gobernar en que, aun sin subvertir el Estado de Derecho, prima una concepción personalista, carismática, algo plebiscitaria, paternalista, efectista y emocional del ejercicio del poder.

Este es uno de los legados incómodos, que al lado de otros muy positivos, tendrá que recibir el nuevo gobierno con beneficio de inventario.

En efecto: la omnipresencia presidencial, la idea de que su investidura se fundamenta en una amalgama de providencialismo y excepcionalidad individual, el permanente recurso a la "opinión" como fuente de legitimidad (y su exaltación como "fase superior del Estado de Derecho"), la preferencia por la limitación tuitiva de la autonomía antes que por la expansión de la ciudadanía, y su acentuada tendencia a la reacción inmediata, instintiva y personalizada en situaciones de crisis, están en las antípodas de un modelo institucional moderno, liberal, democrático y republicano.

En ocho años de Gobierno, varios fueron los intentos por reformar apartes fundamentales de la Constitución del 91. Siete reformas prosperaron en el Congreso, entre ellas, la reelección presidencial por una sola vez, que aplicó el propio Uribe; la segunda, la penalización de la dósis mínima de droga, un proyecto que había sido rechazado en varias oportunidades, y la reforma política, que surgió a raíz del escándalo de la parapolítica y que quita la curul a congresistas con nexos con la ilegalidad.

Paradójicamente, quizá sea el éxito de su esfuerzo por transformar la situación interna de Colombia el que inhiba el arraigo de esta dimensión del uribismo.

"Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas", dice el refrán. Uribe fue la respuesta desesperada que le dio a sus problemas una sociedad desesperada. Una respuesta cuya eficacia (a pesar de algunos y muy graves lunares) le permite ahora a Santos recibir un país en el que están dadas las condiciones no sólo para la prosperidad, sino sobre todo para la normalidad democrática, y por lo tanto, para ejercer el poder y orientar el gobierno de una manera radicalmente distinta. +++

(Especial para el diario El Tiempo, 25 de julio de 2010)

martes, 20 de julio de 2010

Promesas incumplidas



Cinco meses después del terremoto de Haití, los 5,3 billones de dólares ofrecidos por varios países en la Conferencia de Donantes auspiciada por Washington están, como se dice en Colombia, envolatados. Y aunque se han distribuido miles de tiendas y se ha logrado asegurar la provisión de agua potable, alimentación básica y atención médica esencial a cerca de un millón de sobrevivientes, los escombros permanecen apilados allí donde quedaron por fuerza de la naturaleza; y por ahora, los planes de reconstrucción urgente aprobados en abril parecen estar estancados. ¿La razón? Otro desastre, pero esta vez puramente humano: el que resulta de la lentitud en la asignación y distribución de los recursos ofrecidos, la falta de coordinación entre las distintas agencias internacionales involucradas y, sobre todo, de la precaria capacidad de las autoridades locales del que ya antes del sismo era el Estado más pobre y débil del continente americano.

Ojalá esta prueba de fuego para la comunidad internacional no se pierda en recriminaciones y reivindicaciones. Debería pensarse más bien en diseñar e implementar un régimen de atención de emergencias, con un fondo internacional permanente y unos dispositivos de despliegue rápido y eficaz, capaces de proporcionar no sólo ayuda paliativa sino de administrar y canalizar recursos inmediatos para ejecutar los programas de reconstrucción. En otras palabras, para evitar que la suerte de las víctimas quede sujeta al albur los trámites, las disputas burocráticas, el espectáculo y el oportunismo mediático, y para que los desastres naturales no se agraven con los más humanos de la negligencia y de la lentitud. +++

Regalos de independencia



Se celebra este año no sólo el bicentenario de la independencia de varios Estados latinoamericanos, sino los cincuenta años de independencia, también, de algunas naciones africanas. Es el momento oportuno para releer a Kipling (“The White Man’s Burden”), a Conrad (“El corazón de las tinieblas”), y también a Fanon (“Los condenados de la tierra”), y hacer un balance de lo que estas cinco décadas han significado para los pueblos de África, muchos de los cuales viven hoy sometidos a regímenes cuyas crueldades y desmanes (en Zimbabue, Eritrea, Guinea o Darfur) harían palidecer al más feroz de los colonos de antaño.

También se podría aprovechar la ocasión para pedir un par de regalos para ese continente, con la esperanza de que en un futuro cercano logre ya no la independencia sino también la libertad, ya no la emancipación sino la justicia.

Habría que pedir nuevos líderes, que estén a la altura del destino que merecen sus pueblos. Es una vergüenza que por segundo año consecutivo se haya declarado desierto el premio Mo Ibrahim —el premio individual de mayor dotación económica del mundo, creado para exaltar la labor de ex líderes africanos que establezcan ejemplos de gobiernos honestos y democráticos. Y habría que pedir también que las potencias, viejas y nuevas, dejen de hacer pactos con el diablo, con Mugabe, Gaddafi, Obiang y compañía, a quienes dejan hacer a voluntad a cambio de millonarios contratos de explotación de recursos y de compra de armamentos.

Mientras tanto, ¡enhorabuena! Aunque para muchos africanos no haya en realidad nada qué celebrar. +++

¿Dónde está la flotilla humanitaria?



Sorprende el interés que algunas organizaciones tienen en ciertos asuntos, y el desdén —entre cómplice e irresponsable— que reservan para otros que, por pura coherencia, deberían importarles. Por ejemplo, el inflamado celo con que se emprenden las cruzadas humanitarias para denunciar la situación palestina (de la que también Hamás es responsable); mientras se soslaya la tragedia que viven millones de seres humanos bajo la férula inflexible de regímenes canallas, con los que paradójicamente se hace gala de infinita (y sospechosa) paciencia.

¿Dónde están las flotillas humanitarias camino de Burma, Guinea Ecuatorial, Guinea, Eritrea, Libia, Corea del Norte —dictadura en proceso de sucesión y no de liquidación—, Somalia, Sudán, Turkmenistán, Uzbekistán y Tíbet? Allí se producen las mayores violaciones de derechos civiles y libertades políticas en todo el mundo: el omnipresente control estatal sobre la vida cotidiana es abrumador, la sociedad civil ha perdido su autonomía y la oposición política ha sido prohibida o suprimida, mientras la gente vive bajo el imperio del miedo. Pero como no ofrecen una buena oportunidad propagandística, estos dramas se invisibilizan o simplemente se encubren, en provecho de los tiranos de turno y de aquellos por venir.

Eso pasa cuando el humanitarismo, que es ante todo un compromiso ético y político, se emplea como instrumento de proselitismo. El límite entre los dos es tenue, pero existe y hay que defenderlo.

NB. Resulta esperanzador que alguien como M.A Holguín llegue a dirigir la Cancillería. Ojalá sus esfuerzos den los mejores frutos, como lo requiere el complejo momento que atraviesa la política exterior colombiana. +++

Pensando en el nuevo gobierno



Ha concluido el proceso de sucesión presidencial en Colombia y el afortunado vencedor tendrá mucho que hacer durante las próximas semanas. Seguramente, dedicará parte de su tiempo a definir y concretar las líneas maestras y la agenda de la que vaya a ser su política exterior. Cuando lo haga, encontrará allí problemas que es urgente resolver, frente a los cuales necesitará tanta prudencia como audacia, y en cuya gestión tendrá que combinar la acción intrépida con la paciencia estratégica a fin de asegurar los intereses nacionales.

También descubrirá (y es poco probable que se sorprenda) que muchos de los temas de la política exterior colombiana están directamente vinculados (y son inseparables) de la agenda doméstica. Por ejemplo: la discusión interna sobre el fuero militar y las necesarias garantías judiciales para los miembros de la Fuerza Pública tiene que ver con que se tramite adecuadamente el escandaloso asunto de los “falsos positivos”. Lo anterior, junto con las tensas relaciones del Ejecutivo con la Judicatura que hereda de la administración Uribe, inciden en la perspectiva de una eventual intervención de la Corte Penal Internacional en Colombia, la cual es prioritario evitar mediante el blindaje y fortalecimiento de las capacidades institucionales internas. Y todo esto es clave a la hora de satisfacer los estándares internacionales en materia de derechos humanos, de los cuales dependen la credibilidad del país y su acceso a importantes oportunidades de cooperación y desarrollo.

No se puede ignorar esta relación. A menos, claro, que la promesa de continuidad implique también la de prolongar las equivocaciones. +++

jueves, 10 de junio de 2010

Un falso dilema



Si algo queda claro después del incidente de la “flotilla humanitaria” que Israel interceptó la semana pasada, es que una de las principales dificultades para encontrar soluciones y destrabar el proceso de paz en Medio Oriente tiene que ver con un falso dilema. Este falso dilema es el que supone que hay que tomar partido a favor o en contra de los bandos implicados (Israel o Palestina), y que darle la razón al uno, implica forzosamente desconocer los derechos y reivindicaciones del otro.

En efecto, asumir como propia (y atribuir a los demás) una afinidad pro-israelí o pro-palestina predeterminada, ayuda poco o nada a la comprensión de la complejidad inherente al conflicto. Es preciso abandonar el dogmatismo y empezar a mirar el asunto pragmáticamente. No se puede seguir justificando a priori a una de las partes a expensas del interés legítimo de la otra. Así, la defensa de la existencia de Israel —que Hamás controvierte abiertamente— no debería ser un óbice para denunciar el drama que viven a diario miles de seres humanos en Gaza y Cisjordania, como consecuencia onerosa del miedo israelí y el antisionismo palestino.

El maniqueísmo ofrece un campo fértil para que medre todo tipo de extremistas: los que promueven y construyen nuevos asentamientos en zonas ocupadas, y los que patrocinan y ejecutan ataques terroristas en Tel Aviv y Haifa. Y mientras no se supere el falso dilema que de él se desprende, no se hallará la forma de romper el nudo gordiano que ha impedido hasta ahora alcanzar la paz en Medio Oriente. +++

miércoles, 2 de junio de 2010

Cumbre pírrica



Si las victorias pírricas son aquellas en que el aparente vencedor consigue un triunfo que no compensa el alto precio que paga por ello, una cumbre pírrica sería —en el foro diplomático— uno de esos solemnes encuentros internacionales convocados para tratar algún asunto de importancia (como las pretensiones de Hitler sobre Checoslovaquia), en las que el presunto éxito (como el famoso papelito que Chamberlain blandía al regresar de Múnich) esconde en realidad un rotundo fracaso (como la invasión posterior, y aún más, la II Guerra Mundial).

Esto puede decirse de la recién concluida Conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear celebrada en Nueva York. Aunque aparentemente no se ha repetido el fiasco de la conferencia de 2005 —frustrada por un falso dilema entre la necesidad de asegurar la no proliferación y la búsqueda del desarme—, hay razones para mirar con escepticismo el principio de acuerdo alcanzado para establecer, en 2012, una zona desnuclearizada en Oriente Medio.

Tal objetivo no se logrará guardando un cómplice silencio sobre el programa nuclear iraní, ni permitiéndole a Ahmadineyad ganar tiempo al amparo de una inconsulta gestión de Brasil y Turquía. Esos países, por ambición o ingenuidad, han terminado sirviendo de idiotas útiles al régimen de Teherán. Y mientras tanto, allí se pronuncia a diario la anúteba contra Israel, se patrocina el fundamentalismo islámico, y se asfixia lentamente a la sociedad civil bajo la férula de los ayatolas. Desconocer estos hechos —como ha pasado en la Cumbre— quizá facilite los consensos. Pero encubrir los problemas no equivale a resolverlos. +++

domingo, 30 de mayo de 2010

De Roma (1998) a Kampala (2010)



La Corte Penal Internacional y el crimen de agresión

De conformidad con el art. 5 del Estatuto de Roma, la competencia de la Corte Penal Internacional “se limitará a los crímenes más graves de trascendencia para la comunidad internacional en su conjunto”, es decir, a los crímenes de genocidio, lesa humanidad, guerra y agresión. Los tres primeros se encuentran expresamente tipificados en el Estatuto, que por el contrario, no llegó a definir el crimen de agresión. Por eso la jurisdicción de la Corte en esa materia ha quedado diferida hasta que la Asamblea de Estados Partes apruebe una disposición en que se defina el crimen y se enuncien las condiciones en las cuáles ésta habrá de ejercerse.

La ocasión para ello se dará en la Conferencia de Revisión del Estatuto que comienza el próximo lunes en Kampala (Uganda). Allí se estudiarán diversas propuestas de enmienda al tratado, dentro de las que se destaca especialmente la relativa a la definición del crimen de agresión.

¿En qué consiste el crimen de agresión?

A diferencia de lo que ocurre con los otros crímenes de competencia de la Corte, que incluso antes del Estatuto de Roma estaban más o menos previstos en otros instrumentos de derecho internacional, no hay en la actualidad ninguna definición jurídicamente vinculante del crimen de agresión. El único precedente normativo es la Resolución 3314 (XXIX) aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1974, la cual tiene un carácter puramente declarativo.

Esta resolución, con fundamento en la prohibición del uso de la fuerza consagrada en la Carta de San Francisco, define la agresión como “el uso de la fuerza armada por un Estado, contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de otro Estado, o en otro modo incompatible con la Carta de Naciones Unidas”.

En otra de sus disposiciones incluye además una enumeración (no taxativa) de actos de agresión. Así, se consideran como tales: (1) la invasión, la anexión, la ocupación o el ataque por las fuerzas armadas de un Estado contra el territorio de otro; (2) el bombardeo por las fuerzas armadas de un Estado del territorio de otro; (3) el bloqueo de los puertos o las costas de un Estado por las fuerzas armadas de otro; (4) el ataque por las fuerzas armadas de un Estado contra las fuerzas armadas de otro, o contra su flota mercante o aérea; (5) la utilización de fuerzas armadas de un Estado que se encuentran en el territorio de otro en violación del acuerdo existente entre ambos; (6) la acción de un Estado que permite que su territorio sea utilizado por otro para perpetrar un acto de agresión contra un tercero; y (7) el envío por un Estado, o en su nombre, de bandas armadas, grupos irregulares o mercenarios para que lleven a cabo graves actos de fuerza armada contra otro Estado.

La resolución señala, finalmente, una serie de efectos jurídicos derivados de este tipo de conductas —como la responsabilidad internacional del Estado—; no sin salvaguardar tanto la competencia del Consejo de Seguridad para determinar la existencia o no de una agresión en cada situación en concreto (según las circunstancias, naturaleza y gravedad de los hechos), como las excepciones en que es lícito el uso de la fuerza bajo el derecho internacional.

La discusión en Kampala

Para superar el vacío en la tipificación de la agresión se constituyó un Grupo de Trabajo Especial, cuya propuesta de enmienda será la que estudie la Conferencia de Revisión. Esta propuesta recoge la tipología de actos de agresión contenida en la Resolución 3314 (XXIX), y establece además que “una persona comete un ‘crimen de agresión’ cuando, estando en condiciones de controlar o dirigir efectivamente la acción política o militar de un Estado, esa persona planifica, prepara, inicia o realiza un acto de agresión que por sus características, gravedad y escala constituya una violación manifiesta de la Carta de las Naciones Unidas”.

Sin duda, un punto álgido de discusión será el relativo a quién corresponde (y con qué efecto) establecer la existencia o no de un acto de agresión, es decir, de calificar un determinado uso de la fuerza como violatorio de la Carta de Naciones Unidas.

En principio, esta responsabilidad debería recaer en el Consejo de Seguridad de la ONU, que a fin de cuentas tiene amplias competencias calificatorias y decisorias en relación con la paz y la seguridad internacionales, que son, precisamente, los bienes jurídicos que se busca tutelar.

No obstante la propuesta del Grupo de Trabajo Especial contempla algunas alternativas (bastante polémicas) para que en caso de no existir un pronunciamiento del Consejo de Seguridad en ese sentido, pueda iniciarse la investigación de un presunto crimen de agresión previo dictamen favorable ya sea de la Sala de Cuestiones Preliminares de la Corte, la Asamblea General de la ONU, o la Corte Internacional de Justicia.

Moderadas expectativas

El debate en Kampala no será fácil. Existen importantes consideraciones qué hacer sobre las implicaciones políticas que tendría atribuirle a la Corte una competencia, aunque limitada, sobre los actos de agresión. Por otro lado, nada afectaría tanto la credibilidad del tribunal como ser revestido de una competencia que a la hora de la verdad resulte imposible de ejercer, ya sea por razón de las complejos factores políticos involucrados o de insalvables obstáculos prácticos. Por último, aunque sería deseable una discusión más profunda sobre temas como la responsabilidad de actores no estatales y el alcance mismo del concepto de “ataque armado”, es muy probable que ésta no llegue por ahora a plantearse.

Incluso puede que las enmiendas propuestas no sean aprobadas. Y aun en el caso de serlo, su entrada en vigor sólo ocurrirá un año después de que siete octavos de los Estados Partes —actualmente 111— hayan depositado ante el Secretario General de la ONU los correspondientes instrumentos de ratificación o de adhesión. Aún así, es justo reconocer que de alguna manera la sola discusión sobre el crimen de agresión representa, en sí misma, un significativo avance en el largo y sinuoso camino hacia un régimen penal internacional efectivo, que tras dos guerras mundiales y dos graves genocidios (Yugoslavia y Ruanda) empezó por fin a allanarse en Roma en el verano de 1998. +++

martes, 25 de mayo de 2010

Aprendiendo a ser grande



No hay duda que Brasil, de seguir por la senda que inició con el riguroso y metódico esfuerzo de Fernando H. Cardozo, está llamado a desempeñar un papel protagónico en el complejo escenario del mundo apolar contemporáneo. Pero Roma no se construyó en un día, y Brasilia no aprenderá tampoco de la noche a la mañana lo que significa ser una potencia. Mientras lo hace, como un infante que da sus primeros pasos, se tambalea y a veces se cae, siempre con riesgo de causar un estropicio.

Eso le está pasando, precisamente, con el asunto de Irán. ¿A qué horas se convirtió Brasilia en la valedora mundial de Ahmadineyad y su régimen? Cómo se le ocurrió que un tema que ocupa el primer lugar en la agenda de la seguridad internacional puede negociarlo y darlo por resuelto un espontáneo agente oficioso, sin sincronización alguna y al margen del Consejo de Seguridad, del que por ahora es simplemente un miembro transitorio? En qué momento creyó que el apoyo de los turcos compensaría el de las grandes potencias? Cómo pudo hacer la vista gorda ante el impacto que semejante acuerdo puede tener, tanto para la estabilidad en Oriente Medio como para la aplicación del Régimen Internacional Nuclear?

¡Cómo duele crecer y aprender a ser grande! Eric Hobsbawm dijo que John F. Kennedy fue “el presidente norteamericano más sobrevalorado” del siglo pasado. Da la impresión, con lo que ocurre a veces, de que Lula da Silva es, por su parte, el “líder latinoamericano (y mundial) más sobrevalorado del siglo XXI”. +++

miércoles, 19 de mayo de 2010

Una modesta propuesta


Si algo decepciona al leer los programas de gobierno de los principales aspirantes a la Presidencia es la pobreza de sus propuestas en materia de política exterior y relaciones internacionales. Predominan en ellas los lugares comunes, las simplificaciones rampantes y las confusiones conceptuales, sazonado todo con dosis variables de ingenuidad o paranoia. Por ejemplo, cuando se trata de la opción por la multilateralidad y de las relaciones con los países vecinos, o de defender al Estado colombiano de la Corte Penal Internacional (?).

Se echa de menos una propuesta modesta y realizable, realista pero audaz, tan ambiciosa como mensurable, y sobre todo, cuyo impacto práctico favorezca de forma directa a la ciudadanía. Una que amplíe la posibilidad de que los colombianos del común participen y se beneficien de las oportunidades que ofrece un mundo globalizado e interdependiente.

En ese sentido, sorprende que ninguna campaña ofrezca algo elemental: diseñar y ejecutar con éxito una estrategia orientada a reducir sustancialmente el viacrucis que deben sufrir los colombianos a la hora de viajar al extranjero, por cuenta de la exigencia indiscriminada de visados: no sólo por parte de EE.UU y Europa, sino también de Afganistán, Lesotho, México e incluso Kosovo y Somalia. Una herencia nefasta del narcotráfico que sucesivos gobiernos han aceptado sin rechistar, y que limita sustancialmente la inserción del país y de sus nacionales en el mundo.

Esta debería ser una prioridad. Lograrlo probaría, finalmente, que el país se ha librado del estigma de paria y que puede reclamar dignamente el lugar que le corresponde en la comunidad internacional. +++

martes, 11 de mayo de 2010

Desatinos diplomáticos



A veces la diplomacia parece una comedia de equivocaciones, o una pieza del más inopinado teatro del absurdo. Los pasillos y salones de embajadas y cancillerías están poblados de imprudencias y deslices, que sólo por gracia del refinado talento homeopático de algunos funcionarios, no pasan de ser, casi siempre, memorables anécdotas, que el observador desprevenido encuentra incluso graciosas. Pero tras la pintoresca imagen que algunos deducen de ellas, yace encubierta toda la complejidad (y en ocasiones la perversidad) de la política internacional.
He aquí una lista de algunos desatinos diplomáticos recientes. Unos tienen francamente la apariencia de una boutade anodina. Pero en el fondo implican mucho más que una paradoja o una ironía:

1) Que Néstor Kirchner haya sido designado impunemente secretario general de Unasur, a pesar del escándalo valijagate, de la impopularidad de la señora K, y de sus declaradas ambiciones políticas —al servicio de las cuales pondrá su despacho en Buenos Aires (aunque Quito sea la sede oficial de la Secretaría).

2) Que los Estados latinoamericanos insistan en aislar a Honduras y en reivindicar los derechos de Zelaya (epígono del “Papa Luna”), en perjuicio del propio pueblo hondureño; y que aprovechando la necesidad del gobierno de Zapatero de demostrar un liderazgo que no tiene, amenacen con boicotear la cumbre Unión Europea-América Latina.

3) Que Siria, Libia, Cuba, Arabia Saudita y Zimbabue hayan pertenecido alguna vez al Consejo de Derechos Humanos de la ONU; y que recientemente Irán haya sido elegido miembro de la Comisión sobre el Estatus de la Mujer de esa misma organización. +++

martes, 4 de mayo de 2010

El derecho de Ecuador, la razón de Colombia

Si la justicia ecuatoriana llegara a solicitar algún día la extradición del ex ministro Santos, o de los generales Padilla y Naranjo, la cosa debería ser así de simple: cualquiera que sea el Presidente en ejercicio, haciendo uso de la discrecionalidad de la que goza para el efecto, se abstendría de concederla; y aprovecharía la ocasión para reiterar que en su momento ellos no hicieron sino actuar en estricto cumplimiento de un deber legal, sin intención criminal alguna —que es lo que aparentemente les imputa el fiscal de Sucumbíos—, y en defensa del más legítimo interés del Estado y el pueblo de Colombia.

No se puede negar a Ecuador la competencia que tiene para investigar los hechos ocurridos en su territorio. La jurisdicción es un derecho inherente a la soberanía territorial: esa que precisamente transgredió Colombia, no para afectar la integridad física ni la independencia política de Ecuador, sino para defenderse legítimamente de la amenaza actual y presente que encarnaba el famoso campamento de ‘Raúl Reyes’, en el que medraban las Farc prevaliéndose de estar del otro lado de la frontera.

Pero tampoco puede dudarse de la razón que en su momento asistió a Colombia para emplear un recurso extremo y excepcional, que en otro escenario (el de la cooperación, la solidaridad y la confianza) habría sido completamente innecesario.

Ese es el meollo del asunto. Y entenderlo es condición imprescindible para pasar la página y evitar que lo ocurrido vuelva a repetirse, y para evitar también que las Farc conviertan la frontera en un verdadero santuario. +++

jueves, 29 de abril de 2010

Un país descuadernado

“Bélgica se evapora”, “Bélgica se divorcia de sí misma”, decía la prensa en 2007, año en que el país batió su propia marca al completar casi siete meses sin gobierno —vale decir, con uno interino, sin respaldo parlamentario e incapaz de gobernar más allá de los affaires courantes y las cuestiones urgentes. Tres años después, y luego de un par de gobiernos de coalición (bastante chapuceros), el diagnóstico es aún más severo. Sin ningún pudor, la semana pasada algún periódico incluso tituló: “Bélgica en guerra, los flamencos arremeten contra la invasión de los valones”.

Resulta paradójico que todo funcione en Bélgica, salvo el Gobierno. Mientras tanto, el colapso institucional da pábulo a fuerzas centrífugas, a reivindicaciones nacionalistas y a recelos chovinistas. ¿Quién tiene la culpa de la “libanización” belga? ¿Acaso los ingleses, que se inventaron el país de la nada en 1830, mutilando a Francia por aquí y a los Países Bajos por allá? ¿A qué horas se descompuso el delicado mecanismo que permitió a flamencos y valones convivir en un Estado que llegó a inspirar admiración y envidia, tanto por la estabilidad de su modelo político como por la riqueza de sus habitantes? Son acaso las reformas federalistas que alcanzaron su cenit en 1993 las responsables de la crisis de gobernabilidad?

Algunos hablan de pasar del federalismo a la confederación para evitar el descuadernamiento del Estado. Es una apuesta arriesgada, pero que tal vez valga la pena ensayar, no sólo en Bélgica, sino en otras latitudes donde Estados menos sólidos y funcionales sufren males semejantes. +++

domingo, 18 de abril de 2010

Una habitación propia (y con vista)


El recién conocido informe final de la Misión de Política Exterior, conformada por colombianos de reconocida trayectoria en la teoría y en la práctica de la materia, y en la que participaron también algunos asesores y lectores extranjeros, vuelve a poner sobre la mesa la imperiosa necesidad de que el país abandone algunas taras endémicas, que a lo largo de las últimas décadas le han impedido encontrar —para emplear dos formidables títulos de V. Woolf y E.M. Forster— una habitación propia (y con vista) desde la cual proyectarse en el complejo (pero también promisorio) escenario internacional del siglo XXI.

Esto resulta doblemente oportuno en la actual coyuntura nacional. Por un lado, es necesario hacer el balance de ocho años de una diplomacia que algunos no dudarían en calificar de “finquera”; y que en todo caso, ha sido monotemática, unidireccional, esencialmente reactiva, y con mucha frecuencia improvisada. Por el otro, ya es hora de que en el debate presidencial, hasta ahora tan insulso y plagado de lugares comunes, se discuta también la oportunidad que tiene Colombia, en medio de los cambios que se registran en el escenario global y regional, y en su propia situación interna, para dar un viraje a sus relaciones internacionales y formular una nueva estrategia de relacionamiento con el mundo.

Quizás la Misión no haya podido evitar repetir algunas perogrulladas, y tal vez peque de ingenuidad en temas como el de Venezuela. Pero son muchos más sus aciertos y sus aportes. Ojalá que este esfuerzo encomiable no acabe perdido en un recóndito anaquel de la Cancillería. +++


N.B. Para consultar el informe completo, haga click aquí.

martes, 13 de abril de 2010

Tulipanes marchitos



Hace cinco años una ola de manifestaciones sacudió los cimientos autoritarios, corruptos, y opresivos de varios Estados del espacio post-soviético, en los que el despotismo de la antigua URSS pareció conservarse intacto contra todo pronóstico, e incluso refinarse, luego de su disolución en 1991.

Una rápida asociación se estableció entonces entre los levantamientos populares de Ucrania, Georgia y Kirguistán, y la experiencia checoslovaca de la Revolución de Terciopelo. Se habló de lo ocurrido en éstos países como Revolución Naranja, Revolución de las Rosas, y Revolución de los Tulipanes —respectivamente—, con la esperanza de que a semejanza de los acontecimientos de 1989 en Checoslovaquia, allanaran el camino a una transición pacífica hacia la democracia y el libre mercado, con lo que ello implicaba, forzosamente, de emancipación definitiva: tanto del pasado comunista como de la perenne tutela moscovita.

¿Qué queda de todas estas expectativas? La imprudencia y la temeridad de Saakashvili condujeron, el verano de 2008, al desmembramiento de Georgia; y Osetia y Abjasia son hoy heridas abiertas que aún nadie acierta cómo —ni Rusia deja— restañar. En Ucrania el fraudulento candidato que aquella revolución depuso, Yanukóvich, fue proclamado vencedor de los comicios de enero pasado —para gusto de Rusia. Y en Kirguistán, el presidente Bakiev acaba de correr la misma suerte de su denostado predecesor, Akaiev, cuyo régimen monocrático y vertical acabó prácticamente replicando, para ser sustituido por un gobierno que Rusia considera —ahora sí— de “confianza popular”.

¡Qué extraño gusto tienen algunas naciones por repetir indefinidamente el pasado! Y qué difícil es para otras dejar nacer el futuro. +++

martes, 6 de abril de 2010

Lecciones suicidas



Los recientes atentados terroristas perpetrados en Moscú y sus réplicas casi inmediatas reiteran varias lecciones que líderes políticos, estrategas y operadores de seguridad deberían haber aprendido hace tiempo, y que no pueden seguir ignorando, si realmente aspiran a tener éxito en la lucha global contra el terrorismo:

(1) Las respuestas puramente militares son insuficientes, y a veces, contraproducentes, tal como lo demuestran la experiencia norteamericana en Afganistán y la rusa en Chechenia. El del terrorismo, a pesar de la tendencia que tienen sus manifestaciones contemporáneas a adoptar una lógica de guerra, no es en esencia un problema militar.

(2) Existen varios tipos de terroristas suicidas: algunos están impulsados por el fanatismo religioso, otros por el nacionalismo radical, otros son forzados y explotados por sus comunidades y por los grupos terroristas que operan en ellas, y otros, finalmente, actúan motivados por una pulsión personal de venganza. Cada tipo representa un problema distinto y exige una estrategia de contención específica.

(3) El terrorismo contemporáneo es un fenómeno complejo e interconectado, de raíces profundas y larga duración. Lo ocurrido tiene que ver con la represión sovieto-comunista en Asia Central, la invasión a Afganistán en 1979, la respuesta manu militari al separatismo checheno, y la anúteba universal de Al Qaeda, tanto como con la ira de las viudas negras, la radicalización de los jóvenes en el Cáucaso y la vulnerabilidad del metro moscovita.

El catálogo es largo. Pero para empezar, una reflexión sobre estas tres le haría mucho bien a los rusos, antes de que se repitan los errores del pasado. +++

jueves, 1 de abril de 2010

El START-azo



Una semana exitosa acaba de tener el presidente Obama, al apuntarse no sólo el histórico logro de obtener en el Congreso norteamericano la aprobación de la reforma sanitaria (aún a pesar de la airada reacción republicana a nivel estadual), sino al perfeccionar con los rusos un nuevo acuerdo sobre reducción de armas estratégicas, que a pesar de sus limitaciones, contribuye significativamente a reactivar el proceso de desarme, estancado desde 2002; y que, si bien no afecta sustancialmente la capacidad nuclear actual de las partes, constituye un paso obligado en el largo camino hacia la desnuclearización mundial a la que aspira.

En efecto, el impacto del nuevo tratado no puede subestimarse. Por un lado, porque implica en la práctica el relanzamiento (evocado por Hillary Clinton en su primera oficial a Moscú) de las relaciones ruso-norteamericanas, deterioradas como tantas otras cosas bajo la administración Bush II. Y también, porque contribuye a reforzar el régimen internacional nuclear que desafían, hoy por hoy, Teherán y Pyongyang, y del que están al margen India, Israel y Paquistán. Puede que incluso estimule la creatividad y la buena voluntad de los negociadores en la Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación en mayo próximo, de forma tal que algo se avance en la necesaria adecuación de las reglas establecidas en 1968 al turbulento escenario del siglo XXI.

Tal vez el nuevo START no sea, a diferencia de la reforma sanitaria, a big fucking deal. Pero es un trato; y es posible quizás que en verdad, no solamente de nombre, represente un nuevo comienzo. +++

martes, 23 de marzo de 2010

Una nueva ecuación para la paz en Medio Oriente


Valdría la pena que con ocasión de las recientes tensiones entre Israel y sus tradicionales aliados de Occidente, la opinión pública, algunos gobiernos y los líderes mundiales revisaran algunas de las ideas recibidas y los prejuicios más arraigados, que hoy en día constituyen uno de los principales obstáculos a la paz en el Medio Oriente. (Otros son, naturalmente, la propensión de las partes a la intransigencia, a la imprudencia, y al autismo; y la proliferación de mediadores y agentes oficiosos, que buscan en el conflicto una plataforma para su prestigio, y que desprovistos de una estrategia concreta, se la pasan prometiendo entera satisfacción a todo el mundo).

Habría que revisar la vieja ecuación de “tierra por paz”, en la que ya no radica el meollo del asunto, e incorporarle nuevas variables, como el yihadismo global; las transformaciones demográficas locales; el nuevo rol de los actores regionales; los recelos que suscita en el mundo árabe (y predominantemente sunita) el chiismo nuclearizado y fundamentalista de Teherán; la forma en Hamás y sus adláteres se benefician del aplazamiento de la estatalidad palestina; y la razonable exigencia de Israel del reconocimiento formal y universal de la suya propia.

Ahora bien, lo que no ha cambiado en absoluto es el valor geoestratégico y la importancia geopolítica del Medio Oriente. El conflicto palestino-israelí no es otro de tantos conflictos interminables y endémicos, sino una de las claves de la paz y la seguridad internacionales. Por lo tanto, hay que seguir intentando resolverlo, con paciencia y creatividad, e incluso, contra todo pronóstico. +++

miércoles, 17 de marzo de 2010

Cosas innecesarias


Dice Cippola en su ensayo sobre la estupidez humana que un estúpido es alguien que causa un daño a otro o a un grupo de personas, sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí —o incluso obteniendo un perjuicio. Por ello en la práctica los estúpidos son mucho más peligrosos que los malvados: un malvado tiene a veces la inteligencia de ser bueno, mientras que un tonto casi nunca tiene la bondad de ser inteligente.

En el ámbito de la política (ya sea doméstica o internacional), nada revela mejor la estupidez que la propensión de algunos líderes y gobernantes a hacer cosas absolutamente innecesarias. Tan innecesarias que acaban siendo forzosamente estúpidas. A veces inocua y a veces onerosamente estúpidas.

Para la muestra este breve rosario, cosechado al azar de algunos titulares de prensa recientes: la moción de la Cámara de Representantes norteamericana sobre el “genocidio” armenio; las desdeñosas declaraciones de Lula sobre los presos políticos cubanos; el anuncio del gobierno israelí sobre la construcción de nuevos asentamientos en Jerusalén Este; la anúteba de Gadhafi contra Suiza; los 4000 millones de dólares gastados en armas por el régimen chavista desde 2006; la insistencia de algunos países y organizaciones internacionales en mantener en entredicho al gobierno hondureño; y por supuesto, la advertencia del premier chino, Wen Jiabao, acerca de que en caso de una confrontación de su país con EE.UU, ambos saldrían perdedores.

¿Debería sorprender esta proliferación de cosas innecesarias? En absoluto. Ya lo advirtió el Eclesiastés: el número de estúpidos es infinito. Especialmente en cuestiones políticas. +++

martes, 9 de marzo de 2010

Una mariposa en Washington



Una mariposa aleteó la semana pasada en Washington —en medio de la impenitente nieve— y podría acabar provocando una tormenta al otro lado del mundo; complicando una de las relaciones de mayor valor estratégico para Estados Unidos en el Medio Oriente, y amenazando las perspectivas de éxito de un delicado proceso de reconciliación entre dos naciones cuyo pasado compartido está lleno de heridas que, con enorme esfuerzo, vienen intentando restañar.

El aleteo es la moción aprobada por la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes estadounidense que califica como genocidio —deliberadamente ordenado por el Imperio Otomano— la muerte de cientos de miles de armenios que tuvo lugar durante la I Guerra Mundial.

Y aunque la moción es puramente declarativa y deberá ser refrendada por el pleno de la Cámara, ha tenido ya un impacto negativo en las relaciones entre Washington y Ankara; perturbando el vital entendimiento turco-norteamericano, justo cuando el Gobierno turco parece estar reevaluando críticamente su política hacia Israel, y los Estados Unidos buscan afanosamente la forma de insuflarle dinamismo al estancado proceso de paz palestino-israelí.
Por si fuera poco, la aprobación de la moción —al exacerbar los ánimos y agitar la polémica— podría frustrar los acercamientos entre Turquía y Armenia, cuyos Parlamentos deben pronunciarse aún sobre los protocolos firmados por ambos Estados en Zurich el año pasado, con el fin de restablecer sus relaciones diplomáticas (rotas desde 1993) y abrir nuevamente la frontera común.

Un aleteo tan innecesario como contraproducente… Una tormenta que fácilmente se hubiera podido evitar. +++

miércoles, 3 de marzo de 2010

Tres canallas (y medio)


Los “Estados canallas” son aquellos que actuando como gamberros, tienden a comportarse de manera disoluta y libertina: cometen actos de grosería contrarios a la comitas gentium (o cortesía entre los pueblos), transgreden recurrentemente las normas del derecho internacional, y abusan sistemáticamente de su poder para oprimir e imponer a sus nacionales el imperio del miedo.

Aunque los canallas quizá no sean los Estados, sino los gobernantes.

Por ejemplo Gadhafi, que tal vez cansado de patrocinar el terrorismo con medios materiales, ha resuelto apoyarlo ahora con su retórica inflamable, al convocar, de la manera más irresponsable, una yihad contra Suiza. ¡Sólo para cobrarle el hecho de haber llamado al orden a su hijo, acusado años atrás de violencia contra sus empleados domésticos!

O los señores Castro, que aferrados al poder en contravía de la historia, insisten en perpetuar su revolución mediante la intimidación, la persecución, la mentira, el cinismo y el absurdo, como queda demostrado con la innecesaria y criminal muerte de Orlando Zapata la semana pasada.

O el coronel Chávez, para quien las instancias de protección internacional de los derechos humanos son “excrementos”, “mafias nefastas”, “instrumentos del imperio”, que conspiran contra el paraíso que su socialismo del siglo XXI pretende levantar sobre los escombros de la libertad en Venezuela.

Son tres verdaderos canallas, a quienes el mundo entero debería condenar y dar la espalda. Lástima que a veces ciertos líderes, con buena honra y mejor fama, les acoliten el juego y los rodeen de abrazos: ¡como acaba de hacerlo en La Habana el presidente Lula!

martes, 23 de febrero de 2010

Buenos golpistas


A veces se echa de menos la claridad de otras épocas, cuando los “revolucionarios” eran coherentes y uno sabía a qué atenerse con ellos, cuando las alineaciones en la política mundial se conocían de antemano y se verificaban sin sorpresas, y cuando era fácil etiquetar los personajes, las ideas y los acontecimientos. Mejor dicho, épocas en que todo era más o menos predecible, y los prejuicios y los axiomas ayudaban a entender el mundo y a asumir una posición frente a él sin mayores esfuerzos.

Eran épocas en que estaba claro que democracia y golpes de Estado eran absolutamente incompatibles. Ningún demócrata habría aprobado jamás un golpe, convencido además —como si se tratara de un dogma— de que todo putsch carece de legitimidad y deriva inevitablemente en dictadura.

Pero el mundo está fuera de quicio (como decía Hamlet), y aparece a veces, en Tegucigalpa o Niamey, una inesperada variedad de “buenos golpistas”. Golpistas que reaccionan frente a los ardides perpetuacionistas y maromas constitucionales de algunos gobernantes, frente a la disolución de los parlamentos y la clausura de los tribunales; y se toman el poder con la promesa de restablecer la democracia y el orden institucional, no sólo con la fuerza de los fusiles, sino con el apoyo masivo de partidos políticos, sindicatos, e incluso de organizaciones de derechos humanos.

Ojalá el Consejo Supremo para la Restauración de la Democracia le haga honor a su nombre, como los nigerinos lo esperan. Y ojalá sean tan buenos golpistas, como pésimo demócrata era el depuesto presidente Mamadou Tandja. +++