
No se le puede reprochar a nadie sentir la tentación de la fama. Todos los hombres, a fin de cuentas, requieren algún tipo de reconocimiento por parte de sus semejantes para realizarse plenamente como personas: esse est percipi, dijo George Berkeley. Pero sí se puede reprochar la irresponsable obsesión con la que algunos persiguen la fama sólo por atender las exigencias su insaciable narcisismo.
Tal es el caso del juez español Baltasar Garzón, conocido en todo el mundo por los procesos que ha intentado contra narcotraficantes, capos de la mafia rusa, dictadores retirados y políticos en ejercicio; y más recientemente, por ordenar la exhumación de García Lorca y armar un sumario contra Franco y 34 jefes nacionalistas (todos ya fallecidos) por los delitos de insurrección y desapariciones forzadas, cometidos al fragor de la Guerra civil.
Otro sumario-suflé, dicen los españoles, porque el justiciero universal es tan buena vedette mediática como mal instructor de procesos. Otra chapuza jurídica que en vano paga España con polarización, crispación y renovados resentimientos. Otra muestra de su megalomanía, que contrasta con la respuesta del Nobel de Paz, Martti Ahtisaari, cuando se le preguntó su opinión al respecto: “Es muy fácil criticar a otros desde fuera. Pero, estando aquí sentado, no podría jurar que soy una persona tan recta que, si hubiera nacido en Suráfrica, habría elegido el bando bueno y habría resistido la opresión. Y me da miedo pensar qué habría hecho si hubiera nacido en los años treinta en Alemania.” +++