
sábado, 18 de septiembre de 2010
¿La paz? Hamás!

viernes, 27 de agosto de 2010
La manera rusa

El triunfo del pragmatismo

miércoles, 11 de agosto de 2010
Es una Corte, no el mono de la pila

lunes, 9 de agosto de 2010
Colombia aprende

miércoles, 28 de julio de 2010
Legal sí, ¿pero viable?

Finalmente se ha conocido la respuesta de la Corte Internacional de Justicia a la pregunta planteada por la Asamblea General de la ONU sobre la declaración unilateral de independencia de Kosovo proclamada en febrero de 2008. Según el tribunal, ésta no viola ni el derecho internacional general, ni la resolución 1244 (1999) del Consejo de Seguridad o el Marco Constitucional de Autogobierno Provisional derivado de la misma. Aunque advierte que, en cualquier caso, “es perfectamente posible que un acto particular —como una declaración de independencia— no viole la ley internacional, sin que ello implique el ejercicio de un derecho conferido por ella”.
Mejor dicho: la declaración de independencia de los kosovares no es ilegal, pero no supone de suyo que tengan un derecho específico a la secesión. A fin de cuentas, añade la Corte, fue lo primero y no lo segundo lo que le preguntaron.
Qué lástima. Hubiera sido la ocasión para abrir la discusión sobre el alcance y sentido que tienen actualmente algunos principios fundamentales del derecho internacional, como el de la libre autodeterminación de los pueblos y el de integridad territorial; y para debatir tesis como la de la “independencia compensatoria”, que ve en ésta una forma de resarcir los daños sufridos por los kosovares durante la guerra.
domingo, 25 de julio de 2010
El Gobierno soy yo (la concepción del poder de Álvaro Uribe Vélez)

Uno de los debates fundamentales de la filosofía política tiene que ver con una pregunta recurrente: "¿cuál es el mejor gobierno, el de las leyes o el de los hombres?". No cabe duda de que durante estos ocho años en el poder, el presidente Uribe ha demostrado más de una vez su preferencia por este último: por una manera de gobernar en que, aun sin subvertir el Estado de Derecho, prima una concepción personalista, carismática, algo plebiscitaria, paternalista, efectista y emocional del ejercicio del poder.
Este es uno de los legados incómodos, que al lado de otros muy positivos, tendrá que recibir el nuevo gobierno con beneficio de inventario.
En efecto: la omnipresencia presidencial, la idea de que su investidura se fundamenta en una amalgama de providencialismo y excepcionalidad individual, el permanente recurso a la "opinión" como fuente de legitimidad (y su exaltación como "fase superior del Estado de Derecho"), la preferencia por la limitación tuitiva de la autonomía antes que por la expansión de la ciudadanía, y su acentuada tendencia a la reacción inmediata, instintiva y personalizada en situaciones de crisis, están en las antípodas de un modelo institucional moderno, liberal, democrático y republicano.
En ocho años de Gobierno, varios fueron los intentos por reformar apartes fundamentales de la Constitución del 91. Siete reformas prosperaron en el Congreso, entre ellas, la reelección presidencial por una sola vez, que aplicó el propio Uribe; la segunda, la penalización de la dósis mínima de droga, un proyecto que había sido rechazado en varias oportunidades, y la reforma política, que surgió a raíz del escándalo de la parapolítica y que quita la curul a congresistas con nexos con la ilegalidad.
Paradójicamente, quizá sea el éxito de su esfuerzo por transformar la situación interna de Colombia el que inhiba el arraigo de esta dimensión del uribismo.
"Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas", dice el refrán. Uribe fue la respuesta desesperada que le dio a sus problemas una sociedad desesperada. Una respuesta cuya eficacia (a pesar de algunos y muy graves lunares) le permite ahora a Santos recibir un país en el que están dadas las condiciones no sólo para la prosperidad, sino sobre todo para la normalidad democrática, y por lo tanto, para ejercer el poder y orientar el gobierno de una manera radicalmente distinta. +++
(Especial para el diario El Tiempo, 25 de julio de 2010)
martes, 20 de julio de 2010
Promesas incumplidas

Regalos de independencia

Se celebra este año no sólo el bicentenario de la independencia de varios Estados latinoamericanos, sino los cincuenta años de independencia, también, de algunas naciones africanas. Es el momento oportuno para releer a Kipling (“The White Man’s Burden”), a Conrad (“El corazón de las tinieblas”), y también a Fanon (“Los condenados de la tierra”), y hacer un balance de lo que estas cinco décadas han significado para los pueblos de África, muchos de los cuales viven hoy sometidos a regímenes cuyas crueldades y desmanes (en Zimbabue, Eritrea, Guinea o Darfur) harían palidecer al más feroz de los colonos de antaño.
También se podría aprovechar la ocasión para pedir un par de regalos para ese continente, con la esperanza de que en un futuro cercano logre ya no la independencia sino también la libertad, ya no la emancipación sino la justicia.
Habría que pedir nuevos líderes, que estén a la altura del destino que merecen sus pueblos. Es una vergüenza que por segundo año consecutivo se haya declarado desierto el premio Mo Ibrahim —el premio individual de mayor dotación económica del mundo, creado para exaltar la labor de ex líderes africanos que establezcan ejemplos de gobiernos honestos y democráticos. Y habría que pedir también que las potencias, viejas y nuevas, dejen de hacer pactos con el diablo, con Mugabe, Gaddafi, Obiang y compañía, a quienes dejan hacer a voluntad a cambio de millonarios contratos de explotación de recursos y de compra de armamentos.
¿Dónde está la flotilla humanitaria?

Sorprende el interés que algunas organizaciones tienen en ciertos asuntos, y el desdén —entre cómplice e irresponsable— que reservan para otros que, por pura coherencia, deberían importarles. Por ejemplo, el inflamado celo con que se emprenden las cruzadas humanitarias para denunciar la situación palestina (de la que también Hamás es responsable); mientras se soslaya la tragedia que viven millones de seres humanos bajo la férula inflexible de regímenes canallas, con los que paradójicamente se hace gala de infinita (y sospechosa) paciencia.
¿Dónde están las flotillas humanitarias camino de Burma, Guinea Ecuatorial, Guinea, Eritrea, Libia, Corea del Norte —dictadura en proceso de sucesión y no de liquidación—, Somalia, Sudán, Turkmenistán, Uzbekistán y Tíbet? Allí se producen las mayores violaciones de derechos civiles y libertades políticas en todo el mundo: el omnipresente control estatal sobre la vida cotidiana es abrumador, la sociedad civil ha perdido su autonomía y la oposición política ha sido prohibida o suprimida, mientras la gente vive bajo el imperio del miedo. Pero como no ofrecen una buena oportunidad propagandística, estos dramas se invisibilizan o simplemente se encubren, en provecho de los tiranos de turno y de aquellos por venir.
Eso pasa cuando el humanitarismo, que es ante todo un compromiso ético y político, se emplea como instrumento de proselitismo. El límite entre los dos es tenue, pero existe y hay que defenderlo.
Pensando en el nuevo gobierno

Ha concluido el proceso de sucesión presidencial en Colombia y el afortunado vencedor tendrá mucho que hacer durante las próximas semanas. Seguramente, dedicará parte de su tiempo a definir y concretar las líneas maestras y la agenda de la que vaya a ser su política exterior. Cuando lo haga, encontrará allí problemas que es urgente resolver, frente a los cuales necesitará tanta prudencia como audacia, y en cuya gestión tendrá que combinar la acción intrépida con la paciencia estratégica a fin de asegurar los intereses nacionales.
También descubrirá (y es poco probable que se sorprenda) que muchos de los temas de la política exterior colombiana están directamente vinculados (y son inseparables) de la agenda doméstica. Por ejemplo: la discusión interna sobre el fuero militar y las necesarias garantías judiciales para los miembros de la Fuerza Pública tiene que ver con que se tramite adecuadamente el escandaloso asunto de los “falsos positivos”. Lo anterior, junto con las tensas relaciones del Ejecutivo con la Judicatura que hereda de la administración Uribe, inciden en la perspectiva de una eventual intervención de la Corte Penal Internacional en Colombia, la cual es prioritario evitar mediante el blindaje y fortalecimiento de las capacidades institucionales internas. Y todo esto es clave a la hora de satisfacer los estándares internacionales en materia de derechos humanos, de los cuales dependen la credibilidad del país y su acceso a importantes oportunidades de cooperación y desarrollo.
jueves, 10 de junio de 2010
Un falso dilema

miércoles, 2 de junio de 2010
Cumbre pírrica

domingo, 30 de mayo de 2010
De Roma (1998) a Kampala (2010)

martes, 25 de mayo de 2010
Aprendiendo a ser grande

miércoles, 19 de mayo de 2010
Una modesta propuesta

Si algo decepciona al leer los programas de gobierno de los principales aspirantes a la Presidencia es la pobreza de sus propuestas en materia de política exterior y relaciones internacionales. Predominan en ellas los lugares comunes, las simplificaciones rampantes y las confusiones conceptuales, sazonado todo con dosis variables de ingenuidad o paranoia. Por ejemplo, cuando se trata de la opción por la multilateralidad y de las relaciones con los países vecinos, o de defender al Estado colombiano de la Corte Penal Internacional (?).
Se echa de menos una propuesta modesta y realizable, realista pero audaz, tan ambiciosa como mensurable, y sobre todo, cuyo impacto práctico favorezca de forma directa a la ciudadanía. Una que amplíe la posibilidad de que los colombianos del común participen y se beneficien de las oportunidades que ofrece un mundo globalizado e interdependiente.
En ese sentido, sorprende que ninguna campaña ofrezca algo elemental: diseñar y ejecutar con éxito una estrategia orientada a reducir sustancialmente el viacrucis que deben sufrir los colombianos a la hora de viajar al extranjero, por cuenta de la exigencia indiscriminada de visados: no sólo por parte de EE.UU y Europa, sino también de Afganistán, Lesotho, México e incluso Kosovo y Somalia. Una herencia nefasta del narcotráfico que sucesivos gobiernos han aceptado sin rechistar, y que limita sustancialmente la inserción del país y de sus nacionales en el mundo.
martes, 11 de mayo de 2010
Desatinos diplomáticos

martes, 4 de mayo de 2010
El derecho de Ecuador, la razón de Colombia

Si la justicia ecuatoriana llegara a solicitar algún día la extradición del ex ministro Santos, o de los generales Padilla y Naranjo, la cosa debería ser así de simple: cualquiera que sea el Presidente en ejercicio, haciendo uso de la discrecionalidad de la que goza para el efecto, se abstendría de concederla; y aprovecharía la ocasión para reiterar que en su momento ellos no hicieron sino actuar en estricto cumplimiento de un deber legal, sin intención criminal alguna —que es lo que aparentemente les imputa el fiscal de Sucumbíos—, y en defensa del más legítimo interés del Estado y el pueblo de Colombia.
No se puede negar a Ecuador la competencia que tiene para investigar los hechos ocurridos en su territorio. La jurisdicción es un derecho inherente a la soberanía territorial: esa que precisamente transgredió Colombia, no para afectar la integridad física ni la independencia política de Ecuador, sino para defenderse legítimamente de la amenaza actual y presente que encarnaba el famoso campamento de ‘Raúl Reyes’, en el que medraban las Farc prevaliéndose de estar del otro lado de la frontera.
Pero tampoco puede dudarse de la razón que en su momento asistió a Colombia para emplear un recurso extremo y excepcional, que en otro escenario (el de la cooperación, la solidaridad y la confianza) habría sido completamente innecesario.
jueves, 29 de abril de 2010
Un país descuadernado

domingo, 18 de abril de 2010
Una habitación propia (y con vista)

martes, 13 de abril de 2010
Tulipanes marchitos

Hace cinco años una ola de manifestaciones sacudió los cimientos autoritarios, corruptos, y opresivos de varios Estados del espacio post-soviético, en los que el despotismo de la antigua URSS pareció conservarse intacto contra todo pronóstico, e incluso refinarse, luego de su disolución en 1991.
Una rápida asociación se estableció entonces entre los levantamientos populares de Ucrania, Georgia y Kirguistán, y la experiencia checoslovaca de la Revolución de Terciopelo. Se habló de lo ocurrido en éstos países como Revolución Naranja, Revolución de las Rosas, y Revolución de los Tulipanes —respectivamente—, con la esperanza de que a semejanza de los acontecimientos de 1989 en Checoslovaquia, allanaran el camino a una transición pacífica hacia la democracia y el libre mercado, con lo que ello implicaba, forzosamente, de emancipación definitiva: tanto del pasado comunista como de la perenne tutela moscovita.
¿Qué queda de todas estas expectativas? La imprudencia y la temeridad de Saakashvili condujeron, el verano de 2008, al desmembramiento de Georgia; y Osetia y Abjasia son hoy heridas abiertas que aún nadie acierta cómo —ni Rusia deja— restañar. En Ucrania el fraudulento candidato que aquella revolución depuso, Yanukóvich, fue proclamado vencedor de los comicios de enero pasado —para gusto de Rusia. Y en Kirguistán, el presidente Bakiev acaba de correr la misma suerte de su denostado predecesor, Akaiev, cuyo régimen monocrático y vertical acabó prácticamente replicando, para ser sustituido por un gobierno que Rusia considera —ahora sí— de “confianza popular”.
martes, 6 de abril de 2010
Lecciones suicidas

Los recientes atentados terroristas perpetrados en Moscú y sus réplicas casi inmediatas reiteran varias lecciones que líderes políticos, estrategas y operadores de seguridad deberían haber aprendido hace tiempo, y que no pueden seguir ignorando, si realmente aspiran a tener éxito en la lucha global contra el terrorismo:
(1) Las respuestas puramente militares son insuficientes, y a veces, contraproducentes, tal como lo demuestran la experiencia norteamericana en Afganistán y la rusa en Chechenia. El del terrorismo, a pesar de la tendencia que tienen sus manifestaciones contemporáneas a adoptar una lógica de guerra, no es en esencia un problema militar.
(2) Existen varios tipos de terroristas suicidas: algunos están impulsados por el fanatismo religioso, otros por el nacionalismo radical, otros son forzados y explotados por sus comunidades y por los grupos terroristas que operan en ellas, y otros, finalmente, actúan motivados por una pulsión personal de venganza. Cada tipo representa un problema distinto y exige una estrategia de contención específica.
(3) El terrorismo contemporáneo es un fenómeno complejo e interconectado, de raíces profundas y larga duración. Lo ocurrido tiene que ver con la represión sovieto-comunista en Asia Central, la invasión a Afganistán en 1979, la respuesta manu militari al separatismo checheno, y la anúteba universal de Al Qaeda, tanto como con la ira de las viudas negras, la radicalización de los jóvenes en el Cáucaso y la vulnerabilidad del metro moscovita.
El catálogo es largo. Pero para empezar, una reflexión sobre estas tres le haría mucho bien a los rusos, antes de que se repitan los errores del pasado. +++
jueves, 1 de abril de 2010
El START-azo

martes, 23 de marzo de 2010
Una nueva ecuación para la paz en Medio Oriente

Valdría la pena que con ocasión de las recientes tensiones entre Israel y sus tradicionales aliados de Occidente, la opinión pública, algunos gobiernos y los líderes mundiales revisaran algunas de las ideas recibidas y los prejuicios más arraigados, que hoy en día constituyen uno de los principales obstáculos a la paz en el Medio Oriente. (Otros son, naturalmente, la propensión de las partes a la intransigencia, a la imprudencia, y al autismo; y la proliferación de mediadores y agentes oficiosos, que buscan en el conflicto una plataforma para su prestigio, y que desprovistos de una estrategia concreta, se la pasan prometiendo entera satisfacción a todo el mundo).
Habría que revisar la vieja ecuación de “tierra por paz”, en la que ya no radica el meollo del asunto, e incorporarle nuevas variables, como el yihadismo global; las transformaciones demográficas locales; el nuevo rol de los actores regionales; los recelos que suscita en el mundo árabe (y predominantemente sunita) el chiismo nuclearizado y fundamentalista de Teherán; la forma en Hamás y sus adláteres se benefician del aplazamiento de la estatalidad palestina; y la razonable exigencia de Israel del reconocimiento formal y universal de la suya propia.
Ahora bien, lo que no ha cambiado en absoluto es el valor geoestratégico y la importancia geopolítica del Medio Oriente. El conflicto palestino-israelí no es otro de tantos conflictos interminables y endémicos, sino una de las claves de la paz y la seguridad internacionales. Por lo tanto, hay que seguir intentando resolverlo, con paciencia y creatividad, e incluso, contra todo pronóstico. +++
miércoles, 17 de marzo de 2010
Cosas innecesarias

martes, 9 de marzo de 2010
Una mariposa en Washington
